Empleados propios o staff profesional: cuándo gana cada uno
La decisión se discute con plata en una reunión de presupuesto y se paga puesto por puesto, en vivo. Los criterios para repartir cada puesto sin adivinar, y cómo plantearlo al cliente.
En un evento corporativo anual, un ejecutivo hablaba en el podio con su propio asistente operándole la computadora. El primer año falló la computadora. El segundo año había una máquina de backup y falló igual. El tercer año falló el micrófono. Tres ediciones, tres fallas, siempre en el minuto de mayor exposición del año.
La lectura fácil es la mala suerte. La que sirve llegó al tercer año, cuando se logró persuadir al ejecutivo de pasarle esa tarea a los técnicos del evento: el asistente lo asiste bien todos los días en la oficina, pero arriba del escenario, con otra tecnología y la sala mirando, se pone muy nervioso porque no está preparado para eso. No es que no sepa hacer su trabajo. No es el mismo trabajo.
La decisión de fondo —qué hace el equipo propio y qué se contrata afuera— casi nunca se discute así. Se discute con plata, en una reunión de presupuesto, comparando el costo de un puesto contra cero.
Lo que se decide no es el costo del puesto, es qué pasa si ese puesto falla
Hay tareas que se pueden rehacer y tareas que suceden una sola vez delante de todos. Un cable mal pasado en el armado se vuelve a pasar prolijo antes de que entre nadie. La cara que recibe al público cuando se abren las puertas de una exposición no se rehace: pasó.
Ese criterio ordena la discusión mejor que cualquier comparación de precios: cuánto dura la falla y cuánta gente la ve. Si la respuesta es "un segundo y la ven todos", el puesto va a alguien que se preparó para ese segundo.
Y hay un corolario que se ve recién a lo largo de varias ediciones: cuando la falla se repite en el mismo lugar, el problema no es la persona, es el puesto. Cambiar la máquina no alcanzó. Lo que había que cambiar era quién estaba ahí.
La pregunta no es si puede, es si eligió estar ahí
Casi siempre la respuesta a "¿puede hacerlo?" es sí, y quien vive de proveer staff lo admite sin vueltas: no es que no puedan, es que siempre hay alguien mejor capacitado a quien se le pagó exclusivamente para eso.
La pregunta que cambia el resultado es otra: ¿eligió estar ahí? Una cosa es alguien contratado y pagado para esa función; otra, un empleado al que lo mandó su jefe, muchas veces sin nada extra por esa jornada. Puede ir con la mejor de las ondas o con la peor, y eso no se sabe hasta el día. No es un juicio sobre nadie: la buena voluntad de quien fue mandado no es un dato que se pueda planificar.
Queda una pregunta de logística que casi nunca se hace: quién cubre el trabajo de siempre de esa persona durante los días del evento.
Tres puestos que casi nunca conviene dejar adentro, y la única ventaja real del equipo propio
El primero es la recepción: es lo primero que ve el público y no se corrige después. Alguien preparado llega asesorado y con un speech armado para el público de ese cliente; un empleado de otra área llega con la mejor onda y la cabeza en su propio trabajo.
El segundo es la operación técnica en vivo. Hay una lista de escenas que cualquiera del rubro reconoce. El junior que sube y baja perillas y queda trabado cuando le piden algo complejo. El conocido al que se le explica rapidito arriba del escenario. El amigo que acomoda el mobiliario como lo acomodaría en su casa, porque esa es toda su experiencia. Es donde la falta de oficio se nota más rápido y menos margen hay para aprender en el momento.
El tercero es la asistencia al orador en escena, y es el más difícil de sacar, porque no lo propone el organizador: lo trae el propio ejecutivo.
Del lado de quien provee staff no hay concesión. Verónica Pérez Guidek, que dirige una agencia de promotores y promotoras, sostiene que los equipos internos claramente pueden hacerlo, y en la misma frase recomienda no escatimar ahí: lo que ofrece son staff ya armados para el perfil que ese cliente necesita. El requisito que pone para el puesto —saber comunicar el producto y la empresa que se está representando— es parte de ese argumento y no una cesión: a su gente la asesora, la capacita y le arma el speech para recibir a ese cliente puntual.
Así que la ventaja del equipo propio hay que derivarla, y es una sola: ya conoce ese producto y esa empresa. Alcanza donde la tarea admite un segundo intento. Donde lo escaso es el oficio del vivo, conocer la empresa no compensa nada.
Al cliente no se lo convence discutiendo: se lo convence con una jornada
Acá está la parte incómoda: hay que persuadir a alguien de sacarle una tarea a una persona de su confianza. Eso no se gana con argumentos técnicos, porque del otro lado no hay un error de cálculo. Hay lealtad.
Lo que funciona es mostrar. El mecanismo más barato es reunir al cliente con la persona propuesta antes del evento, aunque sea por video, para que evalúe a alguien concreto en vez de discutir una categoría. La respuesta habitual es "tenés razón, yo no confiaba".
El otro es más caro y más contundente. En una exposición de varios días donde lo que se discutía era el perfil del staff de un stand, la primera jornada se trabajó con el criterio del cliente y la segunda con el de la agencia, para que la diferencia la viera él. Ese caso era de perfil, pero el mecanismo sirve para cualquier discusión sobre quién está parado en ese puesto. Tiene dos condiciones: a quien queda afuera del segundo día se le paga igual, y eso es caja chica que hay que prever; y al propio equipo se le explica antes cómo funciona la prueba.
Y cuando el cliente compara con su propia historia —"esto antes lo hacíamos con tres personas y salía bárbaro"—, la pregunta que ordena la charla no es si salió bien, sino qué falló esas veces. La memoria de un evento guarda el resultado y borra los sustos.
Queda un matiz, admitido en la misma fuente. Para que un cliente pague el doble de personas, el argumento que cierra la discusión no es el verdadero —nadie sostiene quince horas parado—, sino el accesorio: necesito backup por si alguna se enferma. Reconocido como lo que es, una mentirita piadosa, dice algo incómodo: el argumento que gana no siempre es el que es verdad.
La discusión se plantea como propios contra tercerizados y así no se resuelve, porque ninguna de las dos gana entera. Puesto por puesto se decide algo más chico y más incómodo: si ese minuto lo sostiene alguien que se preparó para sostenerlo, o alguien a quien le vamos a pedir que improvise justo cuando todos miran.
Preguntas frecuentes
¿Cómo se le responde a un cliente que dice que antes hacía el mismo evento con menos gente?
Preguntándole qué falló esas veces, en lugar de discutir si salió bien. La memoria de un evento guarda el resultado y borra los sustos: los problemas que se resolvieron sobre la marcha desaparecen del relato y queda la versión de que con tres personas alcanzaba. Esa pregunta mueve la charla del presupuesto a los hechos, y suele hacer aparecer justo los puestos que quedaron sin cubrir.
¿Cómo se decide qué tareas de un evento puede cubrir el equipo interno y cuáles conviene contratar afuera?
Con dos preguntas por puesto, en vez de una comparación de precios. La primera: si eso falla, ¿se rehace antes de que lo vea alguien o sucede una sola vez delante de todos? La segunda: ¿la persona eligió estar ahí o la mandaron? Lo que pasa una sola vez y en público va a gente entrenada para el vivo; lo que admite un segundo intento puede quedar adentro sin drama.
¿Cómo se le plantea a un cliente que conviene sacarle una tarea a alguien de su confianza?
Mostrando, no argumentando, porque del otro lado no hay un error de cálculo sino lealtad hacia esa persona. Dos caminos que funcionan: reunir al cliente con el profesional propuesto antes del evento, aunque sea por video, para que evalúe a alguien concreto; y, en eventos de varias jornadas, comparar los dos criterios en días distintos para que la diferencia se vea sola, sin discutirla.
¿Quién cubre el trabajo de siempre de un empleado al que mandan a trabajar en el evento de su empresa?
Casi nunca se define, y ahí está el segundo costo de la decisión. La empresa ahorra el puesto del evento y paga dos cosas que no entran en la comparación: la tarea que queda sin hacer en el área de esa persona durante esos días, y el rendimiento de alguien que la tiene en la cabeza mientras atiende público. Conviene acordarlo antes, igual que cualquier otro puesto del evento.
¿Sirve el currículum para elegir quién va a recibir al público en un evento?
Sirve para filtrar, no para decidir. Un currículum declara experiencia que después no aparece —el nivel de inglés es el ejemplo clásico—, así que la selección se cierra con una conversación previa, virtual o presencial, donde se pregunta directamente si le gusta esa tarea y si ya la hizo. En una jornada de trabajo se nota si alguien es proactivo y resuelve; en un papel, no.
¿Qué riesgo trae armar un equipo de producción a último momento con gente que uno ya conoce?
El mayor no es técnico: es que un grupo que todavía no es equipo se puede pasar el evento criticando al resto en lugar de resolver. Hay un caso de un equipo convocado a las apuradas, a dedo, que dedicó la jornada a comentar cómo trabajaban y cómo se vestían los demás, incluido quien lo había convocado. La afinidad no reemplaza el haber trabajado juntos antes.
¿Se pueden comparar dos criterios de staff durante el mismo evento?
Sí, en eventos de varias jornadas: se trabaja un día con un criterio y otro día con el otro, y la diferencia se ve sin necesidad de discutirla. Para que sea legítimo tiene dos condiciones. A quien queda afuera del segundo día se le paga igual, y eso hay que preverlo como caja chica. Y al equipo se le explica antes cómo funciona la prueba.